Hay silencios que no son ausencia de palabras, sino imposición de miedo. En muchas aldeas de Honduras, el silencio pesa. Se respira. Se hereda. Y durante años fue el único lenguaje que conoció Lourde Aguirre.
Nació en la comunidad de Santa Mira, El Triunfo y creció en Nueva Unión, Namasigüe en el departamento de Choluteca, dentro de una familia humilde y trabajadora. Pero su infancia no tuvo juegos prolongados ni tardes inocentes. A los ocho años, alguien cercano le dijo que le enseñaría un “juego”. Ese instante marcó el inicio de una pesadilla que se repetiría durante años bajo amenazas, manipulación y terror.
No fue solo el abuso. Fue el encierro emocional. Fue el miedo constante a que, si hablaba, algo terrible ocurriría a su familia. El agresor no solo ejercía violencia dentro del hogar; también sabía que el entorno lo protegería. Y así ocurrió.

Cuando vecinos intentaron denunciar al mismo hombre por acosar a otra menor, nadie les creyó. El mensaje fue claro: el sistema no escucha a las niñas. Ese día, Lourde entendió que su verdad no tendría respaldo. El silencio se convirtió en mecanismo de supervivencia.
Pero el cuerpo guarda memoria. Y el dolor, cuando no encuentra justicia, busca salida de otras formas. Durante su adolescencia, esa salida fue la rebeldía. No era desafío gratuito; era una forma de gritar sin palabras.
A los 20 años tomó una decisión radical: irse. Con apenas una maleta y la determinación de no volver atrás, emigró a España. Pensó que la distancia geográfica sería suficiente para dejar atrás el horror. Pero el trauma no entiende de fronteras.
Hubo momentos oscuros. Intentos de suicidio. Tratamiento psiquiátrico. El peso de los recuerdos. Sin embargo, en medio del abismo eligió reconstruirse.


Hoy, Lourde Aguirre no solo es sobreviviente. Es graduada en Derecho. Y su historia ya no es únicamente personal: es política, jurídica y social. Su lucha tiene un objetivo concreto: que los delitos sexuales contra menores en Honduras no prescriban. Porque, cuando una víctima logra hablar después de años de silencio, el sistema no puede responderle que “el tiempo expiró”.
Su activismo ha sido reconocido con los Premios Europa, un galardón que ella dedica a la niña que fue. Pero su mayor reconocimiento no está en una estatuilla, sino en convertir su historia en herramienta para otras.


Su libro, La Niña Silenciada, no es solo memoria escrita. Es denuncia. Es espejo. Es una invitación a romper el miedo estructural que protege a los agresores.
Y las cifras respaldan que no se trata de un caso aislado

En Honduras, entre 2021 y 2022 se reportaron 5,721 denuncias por delitos sexuales. Solo en el primer trimestre de 2024 se registraron más de ocho casos diarios. Cada número representa una historia interrumpida.
Además, más de 23,000 niñas y adolescentes se convierten en madres cada año, en su mayoría producto de violaciones. A esto se suma una legislación que prohíbe el aborto en todas las circunstancias, con penas de hasta seis años de cárcel. Es decir, el sistema no solo falla en prevenir la violencia, sino que también penaliza sus consecuencias.
Pero el obstáculo más contundente es jurídico: la prescripción. Muchas víctimas tardan años —a veces décadas— en poder nombrar lo ocurrido. Cuando finalmente lo hacen, descubren que la ley considera que el delito ya no puede juzgarse.
Ahí es donde Lourde ha decidido enfocar su batalla
Porque la justicia no debería depender del reloj. Y el trauma no tiene fecha de vencimiento.
Su historia ya no es solo la de una niña silenciada. Es la de una mujer que convirtió el dolor en argumento, el miedo en ley, y la herida en lucha pública.
Y hoy, desde España, su voz regresa a Honduras con una pregunta incómoda:
“El trauma no tiene fecha de vencimiento. La justicia tampoco debería tenerla.”
Esta es la historia de Lourde Aguirre, contada y documentada por:
Jahir Castro Viagarza
Corresponsal de METRO TV en España.














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